jueves, 28 de febrero de 2013

3.) Quizás, quizás, quizás


Y después de siglos vuelvo a escribir. ¿Por qué? Porque ML vuelve a grabar, porque es domingo, porque tengo conmigo a “mi–amiga-la-libreta-que-siempre-estás-dispuesta-a-escucharme-pase-lo-que-pase”, porque me siento más adaptada a estos lúgubres parajes o quizás porque me quedan casi 40 minutos en tren hacia donde se extienden las Sombras (contrariando a mi primera impresión, aquí ya descrita, no, Mordor no es la ciudad donde yo pernocto. Esto es solamente el club de campo de los sureños moradores de la Tierra Media).

Es tener la nieve y el viento cortante azotande el rostro perpetuamente.
Es ese perenne gesto de nariz fruncida, moco colgando y ojillos entrecerrados.
Si una mañana se asoma el ansiado pero tímido rayito de sol,
lo paladeas, lo deleitas y lo disfrutas con energía.
Al principio de los orígenes, al explorar las abruptas rutas y sumergirme en los gélidos y tenebrosos páramos que me brindaba mi nueva urbe, mis sentidos fueron más rápidos que mi razón y mi mente realizó la asociación inmediatamente: En busca de un futuro (que nada tiene que ver con un anillo), había aterrizado ante la Puerta Negra y mientras más pronto lo asumiera, mejor.

Sin embargo, tras el paso del tiempo (¡¡¡6 meses ya!!!) el día a día se transformó en algo más humano. A medida que mi futuro se prolongaba en esta discrepante ciudad, los baches y la oscuridad dejaron de absorberme. Simplemente pasaron a ser parte del todo y sin embargo, los pequeños y luminosos detalles comenzaron a cautivar toda mi atención.

Quizás ahora comprendo mejor a Nina cuando narraba qué romántico es pasear por una calle y toparte con un árbol que crece entre una casa en ruinas. Quizás veo el punto de Isa, al sentir que lo que pisas son trozos de auténtica historia. O bueno, en un plano más terrenal, la ciudad ahora no está mal, hay de todo. Sólo tienes que saber dónde y cómo encontrarlo.

Eso sí, si bien entiendo que hace 5 años todo era mucho mucho peor, que los graffitis son arte y que las cabelleras de mil colores y los rapados imposibles son síntoma de biodiversidad, da igual. Todo eso es secundario. Lo que hace que una ciudad sea más o menos maravillosa es la gente.


Y esto tan obvio hay veces que se pasa por alto. De tontos está el Mundo lleno pero yo siempre he apostado por el equilibrio. Así que mientras más necios me cruce por el camino, más esperanza debería tener, puesto que los listos tienen que estar “arrejuntados” en alguna parte y con suerte, no demasiado lejos.

Por ejemplo, no hace mucho, estando en el “Corte Inglés” alemán, a una dependienta le faltó llamarme imbécil en toda mi cara (digamos por suavizar...Idiotin....) por un error propio que nunca fue capaz de reconocer. Y señora, rectificar es de sabios y la humildad es una virtud. Sinceramente no entiendo por qué, tan a menudo, está el entorno a la defensiva.

En el fondo fue una tontería, yo sólo quería saber cuando costaba una tela que tenía un doble etiquetado y me dijo que el precio menor era correcto pero, a la hora de pasar por caja, se marcó más del triple. Cuando la advertí del error, fue a consultar a una compañera. Al parecer, la colega confirmó que el precio válido era el caro, porque vi como rascaba con la uña la etiqueta barata y acto seguido, comenzaron a charlar.

Al ver que no volvía a la caja, me acerqué a ellas, pregunté de nuevo y la señora se volvió cual Gorgona despeinada, desgranando por las fauces que ella JAMÁS me había dicho nada con respecto al precio menor, que qué pasaba conmigo, que si no entendía o qué y que grrrgrrgrr... (NOTA: Todo esto en alemán... imagina que te grita alguien en un Corte Inglés y encima en alemán... ¿a que acojona más?) (Siento el lenguaje, me ha salido del alma).

Así que volvió a su caja, y me volvió a cobrar el fieltro, al precio desorbitado por supuesto. Mi cara, un poema... y a pesar de defenderme verbalmente lo mejor y más educadamente que pude, me sentí pequeña y abrumada. No, no compré la tela y salí con la cabeza gacha y con ganas de llegar a las 4 paredes entre las que habito para encender el ordenador y contarlo a través de una pantalla...

Ahora cada vez que paso por esos almacenes, me acuerdo de la señora y de un montón de respuestas ingeniosas que sólo llegan a la mente como mínimo 2 horas después de que haya ocurrido el “suceso”. Y tristemente, se suelen quedar mejor grabadas en la memoria las personas que esputan en lugar de las que hablan normalmente.

Pero claro, también me paro a pensar que no son todos así, que por ejemplo, qué amable y apañá’ es la chica de la tienda de la “Plaza del Sur”. La ropa es monísima y carísima: Sí. Pero cuando le dije que iba a salir por la tele se ofreció a traducirme el e-mail, a interpretar el código de vestimenta y encontrar algo adaptado a los restringidos cánones impuestos por el juego de luces y cámara. (¿No he contado que voy a salir por la tele? próximamente en las pantallas de sus ordenadores ;) ).

De hecho, todos estos detalles no tiene importancia, las manadas de tontos fundan las anécdotas del día a día.
Retomando el hilo, lo único que verdaderamente importa son las personas que te sacan una sonrisa a diario. Los que soportan tus historias de señoras histéricas y personajes surrealistas aunque sea por medios virtuales. Los que sin venir a cuento te regalan chocolate, te cocinan comida casera o te llevan una cervecilla a casa. Los que te muestran los encantos ocultísimos de estos parajes o los que te acompañan una mañana de un helado domingo al zoo.

En definitiva, la gente que quiere ayudarte y sencillamente, hacerte más feliz.

Así pues, invitados estáis al lugar donde, entre graffiti y graffiti te puedes comer los mejores mejillones a la crème fraîche que he probado nunca.  Donde entre edificios abandonados hay una escuela de idiomas con sofás en lugar de sillas. Donde, entre la penumbra, en el corazón más oscuro de un parque, hay un invernadero reconvertido en un curioso restaurante. Donde, junto a cualquier obra, andamio o bache, puedes encontrar un bar para recordar, puesto que una vez estuviste allí riendote con tus amigos.

Sí, seguiré diciendo que es una ciudad para aparentar, sobre la que, preguntes a quien preguntes, te dirá que un día estuvo de visita y la estación y el centro son maravillosos. Pero amigo, no te salgas de ahí.


Y aun con todo eso, aun estando en una casa sin sillas, sin cuadros o sin un cazo, aun sin haber visto el sol desde hace ¿3 semanas? Siento que esta parte la Tierra Media ha conquistado un pedacito de mi corazón.

Gracias a los que estáis lejos pero me hacéis sentiros aquí cerca y gracias especialmente a la fantástica gente que he conocido aquí. Gracias por hacer de mi estancia algo bello e inquietante. Gracias de corazón.


PD1: ¿Sabe usted lo que es la tila? ¿Y el All-Bran?
PD2: Hay un árbol y hay un río. Se cae el árbol y salpica el río.
PD3: Señora, quédese usted con su tela y adórnese el toto si el apetece, porque se ve que las bragas de esparto escuecen un poco.

lunes, 8 de octubre de 2012

2.) El día en que me dijeron...


Ayer no alcancé mi objetivo. Y no hablo sólo de mi infructuoso intento de encontrar una lavandería. No; es algo mucho más profundo, es la esencia de todo esto.
Lo he dicho muchas veces, no lo he escrito tantas, pero uno de los fines arraigados a este blog es simple y llanamente el poder desahogarme. Y ayer me quedé corta. Corta y... ahogada.

Puedo achacarlo a muchas cosas, entre otras, a que habré perdido la práctica de escribir o a que he acumulado tanto, que las dos hojas habituales se me fundirían en el índice... Así que no más rodeos. Partiendo de las escasas pinceladas que ayer ambientaron el “dónde”, llega el momento peliagudo, mi más interno y personal punto de vista. El “cómo” estoy lidiando con esta experiencia.

Para los escasos de intuición, breve spoiler: un “chachi-piruli-mega-guay, aquí os dejo que me voy de fiesta” no es la continuación del párrafo anterior... La culpa puede ser de algún listo/astuto que en su momento me engañó, o más que probable, es toda mía por idiota.

Todo se remonta al día en que me dijeron que los alemanes son puntuales. Es un tópico tan difundido que me tragué la bola entera y sin masticar. Es más, me lo creí tanto que a pesar de mi propia experiencia, mi cerebro lo negaba. Tanto, tanto, que yo misma fui pregonando esa bastarda farsa por el mundo y dando fe de ello.

¿Sabéis qué? Es MENTIRA. Una mentira gorda y fea.
Los alemanes son personas normales (muchos son rubios, pero normales). Los hay que llegan pronto y otros que no tanto. Sin embargo, el tópico queda plenamente reventado, destrozado, hecho añicos y reducido a cenizas gracias a la DB, lo que viene siendo la RENFE alemana (Deutsche Bahn)

Ya no recuerdo la última vez que cogí un tren sin retraso y el mes pasado realicé mínimo 5 viajes de larga distancia. Y no hablo de 5 minutejos tontos. Nooooo. Hablo de quedarme una hora y media tirada a las 7:00 a.m. en medio de ninguna parte por problemas técnicos, o de perder 3 conexiones de trenes en un mismo día, o por ejemplo, de esperar un “AVE” alemán y que te digan “der Zug fällt heute aus”. O mi favorita, terminar en una ciudad ajena al recorrido, a 80km de tu destino, 1 hora más tarde de tu llegada teórica por un “accidente personal”...

Y una de estas veces (la de las 3 conexiones) era el recibimiento de los nuevos participantes en el programa de entrenamiento de la empresa. Mi primer día y llego una hora y media tarde.
Pero eso no es lo más triste. Lo peor fue que, sudando, recién llegada a Leipzig, tirando de una maleta de 27kg, habiendo perdido el tercer tren del día (el que conectaba con mi barrio/pueblo, uno que pasa cada 80 minutos), me decliné por el taxi porque no podía con mi alma.
Me desahogué con el señor taxista y lanzando sapos y culebras sobre la DB. Tan afectada me vio que, el buen hombre, muy caritativo él, me cobró tan sólo 25,40 euros. A mi me pareció un pastón, así que le pedí la factura y me bajé del vehículo sin creer lo que veía.

Una calle sin un alma, oscura, repleta de edificios industriales abandonados, con fachadas de ladrillos granates polvorientos, portones metálicos redecorados con grafitis y una de cada tres ventanas rota. Y ni un sólo cartel de posada/hostal/pensión o similar. Le pregunté al taxista dos veces más si esa era la dirección correcta porque mi instinto me decía que me volviera en el mismo taxi a la estación. Pero efectivamente, había llegado a mi destino.

Por suerte me encontré con un chico joven que resultó ser uno de mis compañeros. Ya no recuerdo cuál de los 20 fue pero me ayudó con la maleta y le estaré eternamente agradecida. Ya podría la casera poner un cartelito, una flechita o una triste pegatina en el portero automático, porque si no te sabes el apellido de la señora, te puedes dar con un canto (o ladrillo rojo) en los dientes.

Así que extenuada, sin entender a los allí presentes (en su momento no lo supe, pero el primer día me crucé de frente con 2 muchachos, que por su dialecto y velocidad, los otros alemanes también tienen problemas para entenderlos), descubro dos cosas impactantes tras preguntar a la dueña de la pensión:
1º) que voy a compartir un salón (que no dormitorio) con otra chica durante todo el mes.
2º) que el hijo de su madre del taxista me ha tangado 25 euros, cuando la carrera cuesta la mitad y me ha dado un recibo falso.

Ese fue mi primer día en Leipzig, rebosaba felicidad...Respecto al inmueble donde pernocté durante un mes,  podría contar muchas cosas. Era un bloque grande compuesto de varios apartamentos aparentemente completos y una zona común con una cocina extra.
Yo me alojaba en la vivienda de las chicas, un piso para tres nuevo nuevo nuevo. Tan nuevo, que la hornilla no tenía toma de corriente, no había fregadero en la cocina, ni cortina de ducha, ni lámparas, ni internet, ni otros tantos lujos con los que me he acostumbrado a vivir. Por suerte mis compañeras eran un encanto y aunque nuestros sofás-camas se desmontaran siempre estrepitosamente a mitad de la noche, aunque en la cocina común hubiera sólo 2 sartenes para 20, o aunque nuestras clases estuvieran a casi una hora en coche, el mes de septiembre ha sido fantástico.

No fue tan fantástico cuando me enteré de que lo que me esperaba tras esos 30 días. Otra vez culpa mía, otra vez por confiada. Y es que el día en que me dijeron que los alemanes eran organizados y cuadriculados, piqué como una tonta. Y por supuesto, pregoné las falsedades de nuevo a diestro y siniestro.

Se suponía que cada uno de los 20, volvíamos a nuestras oficinas, cada uno en una esquina de Alemania (Augsburg en mi caso) y empezábamos a trabajar allí. En la teoría todo funciona, pero dos días antes de que se acabara el curso, un miércoles, me comunican que me quedo en Leipzig. Pero, ¿por cuánto tiempo? y ¿dónde voy a dormir? Buenooooo, con la calmaaaaa, aún hay tiempoooooooo para concretar esos nimios detalles.
Como la experiencia es un grado, el viernes me fui para Freising a dejar el maletón y a prepararme física y mentalmente para viajar con menos equipaje, vista la incertidumbre que me rodea.
A la ida sólo tuve 15 minutos de retraso pero el lunes por la mañana, mi primer día de verdadero trabajo, fue cuando gracias a la DB, me quedé a las 7:00 a.m. una hora y media tirada en un McDonalds de Nürmberg, habiéndome despertado a las 4:00 de la mañana.

Y en ese estado lamentable llegué a la oficina, donde me informaron en qué lugar iba a dormir esa misma noche. Esta vez fui más afortunada. Había otros trabajadores de la empresa en el alojamiento, una casa del mismo estilo que la del programa de entrenamiento, pero en lugar de situarse en el fin-suroeste de Leipzig, se emplazaba en el fin-noroeste.
La casa era un piso de dos plantas con salón y cocina compartidos. Estaba tan nueva tan nueva tan nueva, que tenía que traspasar una valla metálica de obra para entrar porque, tanto el patio como los edificios colindantes, estaban a medio construir. La habitación era muy mona, pero todo era tan nuevo que la bañera no tenía cortina, la única sartén no funcionaba porque teníamos inducción y no había ningún mueble en el salón.

No puedo quejarme demasiado porque a los tres días de estar allí, el casero me preguntó que si me molestaba cambiarme a otra habitación, puesto que el dueño de la mía había llegado desde no sé donde. Y por otra habitación, se refería a un piso en pleno centro de Leipzig para mí solita, a 5 minutos andando de la oficina.

En menos de una hora ya tenía la maleta hecha. Aunque sólo fuera para dos días (era miércoles y en teoría el viernes me mandaban para Augsburg), merecía la pena.
Así que el casero, con su característica fragancia, me ayudó con la mudanza y acabé en un piso tan nuevo tan nuevo tan nuevo que no tiene cortinas, ni persianas, ni cacharros de cocina, ni cogelador, ni muebles en el salón, ni microondas, ni siquiera una mesa para comer... Creo que es más práctico decir lo que tiene: una cama, una tele, una butaca, una silla, una mesa bajita de IKEA y una aspiradora.

Por dos días, tampoco pasa nada. Claro, siempre y cuando dos días sean dos días y nos dos días y una semana de regalo, como me dijeron el mismísimo jueves pasado.
Así que aquí estoy, reinventando como calentar agua con un cuenco en el horno, lavando ropa a mano y compartiendo con vosotros y con todos los vecinos de enfrente las horas rellenas de paredes blancas y platos precocinados.

NO es que yo odie Leipzig sin motivo alguno. Es que Leipzig y yo tenemos formas muy distintas de enfocar la vida. Y aunque me esté intentando conquistar con días soleados y temperaturas cálidas, el mal está hecho y espero no quedarme lo suficiente como para tener tiempo de remendarlo. No llores por mí Augsburg, que en seguida nos vemos.

1.) ¡Hola amigos, he vuelto!


Puede que esta declaración haga surgir alguna pregunta del estilo “pero, ¿de dónde has vuelto?”, o “¿cuándo?” Keine Sorge, todas las cuestiones serán a su tiempo resueltas.
Y si ya tenéis en vuestro poder las respuestas, o ni siquiera os han surgido dudas, muchísimo mejor, porque entonces significa que estamos todos menos preocupados.

Para empezar, respondiendo concretamente a las preguntas arriba planteadas, acabo de volver de buscar un autoservicio de lavandería, hoy domingo 07 de Octubre de 2012, a las 20:03 aprox., en esta bella ciudad llamada Leipzig, en Alemania (del este), en Europa, en la Tierra, etc etc.

Y la explicación de cómo o por qué he acabado aquí y ahora, desde aquel pueblo infernal en mayo... a continuación: Tras dos meses buscando trabajo en la “tierra prometida”, lo encontré y ya llevo más un mes currando en esta maravillosa urbe.
Más detalles, en un futuro próximo. Tampoco hay que abusar de las concreciones.

Así pues, tengo tantas cosas que contar que no sé por donde empezar. Podría describir en qué trabajo y cómo principalmente, trazo tuberías en 3 dimensiones. Podría hablar de todo lo que aprendí el mes pasado en mi entrenamiento y de la gente tan genial a la que conocí. Podría ilustrar cómo acabé aquí y de qué manera vivo actualmente, o incluso, qué motivos me han llevado a publicar hoy domingo, haciéndole la competencia a mi propia hermana.

Pero no, lo siento, el tema que inunda y ha inundado mi mente cada uno de los días que llevo aquí es esta insólita metrópoli al completo y por ello, necesito desahogarme.

¡Ay, Leipzig de mi vida!
Tras más de un mes bajo tu sombra, no dejas de sorprenderme cada día.
Grafitis, punkies y hippies por doquier, todos los peinados y pelos de colores que nunca antes soñé ver.
Ciudad recomendada para jubilados, cada 10 metros hay una nueva obra y su correspondiente vallado.
Pero lo que hace de mí una persona embelesada, son tus múltiples baches, cacas y casas abandonadas.
No sé que será de mí cuando me vaya, pero sé cuánto echaré de menos tus amplias avenidas paupérrimamente iluminadas.

¿Suficiente? Puedo continuar, pero prefiero seguir teniendo lectores para la próxima entrega. Siento de veras la rima barata. Inspiración autóctona.

La wikipedia tiene mucha información interesante y la wikitravel nombrará los puntos importantes que visitar aquí. Es una ciudad con mucha historia, lo pasaron muy mal en la guerra y tuvo un papel muy importante en la reunificación. Cosa que no impide que yo la considere fea y sucia.

Hay edificios impresionantes (casi todos reconstruidos tras el bombardeo) que aparecen de repente en la calle más inesperada. El problema es que se encuentran rodeados de bloques de hormigón y acero, destinados a ser inmuebles de oficinas con pretensiones de cajas de zapatos o incluso peor, gigantescos centros comerciales plagados de restaurantes chinos y kebaps.
Hay zonas libres de estas moles, áreas en las que dominan por su abundancia y tamaño, las enormes mansiones del Renacimiento alemán. Edificios que en su momento fueron un deleite para la vista y ahora se componen de cristales rotos, millones de grafitis cutres y alfeizares y rodapiés plagados de excrementos de dudosa procedencia.
Tristemente todo abandonado, toooooodo kaputt.

En el centro, donde por suerte me emplazo ahora, predominan los típicos “Höfe”, traducido literalmente como patios, pero se entiende mejor como galerías comerciales. Los frisos, columnas, pinturas y cúpulas interiores son asombrosos, pero hay que prestar mucha atención, porque la meta de estos pasajes es el consumismo y los escaparates con parcas de 900 euros roban toda la atención de los visitantes. Sin embargo, la zona de tiendas “chic” no queda tan deslucida como cuando te encuentras un ALDI bajo a una pared repleta de mosaicos diminutos.

No entro en pormenores de cuánta cantidad de obras y desviaciones hay momentáneamente. Tampoco en que, según me han dicho, es una de las ciudades más pobres de Alemania y con mayor tasa de paro. Supongo que por eso los parcheados del asfalto son tan particulares y las casas vacías están tan de moda.
Lo que realmente me entristece es que, siendo una ciudad tan grande y conocida, no sea acogedora. Quizás es que la gente va demasiado por libre y o quizás es que una farola cada 20 metros, con suerte, hace poco apetecible un paseo vespertino.

Lástima que por motivos técnicos, no tenga muchas fotos para ilustrar la entrada de hoy, pero intentaré remendarlo el próximo día.

En fin, cada vez que veo un bolso con “Ich liebe Leipzig” o “Ich liebe Sachsen” (Sajonia), un pellizco dentro de mi estómago me indica que el negocio iría mucho mejor con el lema “Ich hasse Leipzig y no entiendo la mierd... de dialecto que se balbucea aquí”.

Una cosa más que declarar, como cierre, que ya es tarde: esto es puramente mi opinión. En general, por si no lo habéis deducido, le tengo un poco de tirria (menos al zoo, que se merece una entrada para él solo).
Pero bueno, puede ser yo aterrizara con el pie izquierdo y ya no haya vuelta atrás o a lo mejor tiene que ver con que aa´n no he encontrado un verdadero Biergarten. Sólo sé que hay gente que adora esta ciudad. Podéis preguntar a Isa o como dice una compañera mía, para ella es la ciudad más romántica de Alemania, porque ¿dónde más se pueden encontrar rincones tan maravillosos como por ejemplo, un árbol creciendo entre las ruinas de una casa?

Para gustos, los colores. Y si no, que se lo pregunten al 70% de la población femenina o a el pedazo de negocio que debe ser el tener una peluquería aquí. La última moda, una larga melena con tres tonalidades por cabeza (destacando el rosa, turquesa y negro) combinada con la sien izquierda rapada.

Os invito + animo a venir a verme y juzgar con vuestros propios ojos. Yo os espero con los brazos abiertos. Leipzig, depende de con que pretensiones entréis...

PD1: Corta y liviana entrada para calentar motores. En breve más, porque otra cosa no, pero tiempo, tengo.

PD2: Y no, quizás estaba demasiado oscuro, pero a pesar de tener la dirección escrita, no he encontrado la lavandería.

Un lago muy bonito en medio de la ciudad.
Lástima que esté lleno de pintura verde...

Castillo alucinante frente a un casino cúbico, a la
izquierda de una obra
La estación central a las 19:30 de la tarde, un domingo.
Igualita que Atocha ¿no?


Otro castillo espontáneo, en medio de ninguna parte

lunes, 14 de mayo de 2012

11.- Caminante, no hay camino...

Y allí estaba sentada en un escalón rodeada de bultos, disfrutando de la brisa en la cara, de la melodía de los pajarillos y del compás de una pelota.
Con los ojos entrecerrados mientras el sol acariciaba mi rostro, un reconfortante sonido desvió mi atención a la acera de enfrente. Una sensación de calor me invadió el pecho. Hacía mucho tiempo que no oía a una familia reír.

...

Entonces apareció mi carroza, burdeos (vermillonrot), tirada por más de 100 caballos, descapotable, asientos de cuero y navegador integrado, conducida por una sonriente reina de cabellos dorados.

Y aunque ni siquiera se me ocurrió dejar de mirar al frente, como Machado dijo:
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar

Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.


Pincha aquí para escuchar la banda sonora del cierre

sábado, 12 de mayo de 2012

9.- Rumbo a buen puerto


Queridos navegantes,                      

El hecho de tomar una nueva ruta hacia lo desconocido implica riesgos, valor y ganas. Pero sobre todo incertidumbre.
En algunos casos, uno puede estar casi seguro de que va a llegar ala Indias Orientales y en su defecto encontrarse con una tierra virgen aún por explorar. O en otros, que tu velero naufrague y terminar años hablando con una pelota.

Cuando las noticias no llegan, puede ser por extravíos en el camino o más probable, porque nunca fueron enviadas. Y en cierto modo eso ha ocurrido. Mi ausencia estas semanas ha sido motivada por la carencia de tiempo. Estaba demasiado ocupada intentando mantener bajo control la zozobra del barco. Y por las noches, cuando las aguas volvían en parte a su cauce, buscaba un poco de paz y respuestas en los brazos de Morfeo.

Pero ni lo uno ni lo otro. Por las noches me despertaba y soñaba. Por ejemplo ayer con que iba de turismo a una ciudad llena de militares (libre interpretación), pero en cualquier caso, el motivo común era tener un nudo en la garganta.

Y por las mañanas, cada día la tormenta era más fiera e imposible prevenir su origen. Simplemente se precipitaba sobre mí y no me dejaba lugar posible a réplica.
Pero el lunes, el azote de la tempestad fue demasiado enérgico. Mis esfuerzos inútiles sólo me llevaron a una conclusión posible. Lo mejor era abandonar el barco.

Y así lo decidí el miércoles. Sin embargo, en cuanto mis intenciones se asomaron por la borda, un tímido rayo de sol iluminó la cubierta de la nave. Quizás el cielo se lo pensó mejor, ya que un mar sin barcos a los que manejar no era tan útil o divertido.

Pese a esos 32ºC y aspecto veraniego, una brecha ya había quebrado el casco y el agua subía como la espuma. Y ayer, definitivamente, encallamos.
Cuatro meses no son suficientes para arreglar los destrozos y aunque un capitán siempre se hunde con su barco, esta fragata no es mía. Que conste que yo la alquilé sólo hasta agosto, sabía que no me iba a llevar a mi verdadero destino y simplemente sería un instrumento para perfeccionar mis técnicas de navegación y quizás descubrir alguna nueva ruta.

Un capitán experimentado que ha recorrido mucho mundo, me ha recomendado guardar mi “Diario de a Bordo” bajo llave, para evitar posibles desbarajustes, pero queridos compañeros de viaje, sí realmente queréis conocer los detalles, os mandaré el mensaje. No en una botella, porque yo siempre he pensado que, ya que envías una botella, no seas tan gracioso de beberte el contenido antes y haz las cosas en condiciones. Pero bajo petición, en algún formato os llegará.

Hoy vuelve a llover. Y aquí estoy, doblando mi traje de chaqueta, o al menos haciendo un intento (las arrugas y yo nos llevamos demasiado bien), para guardarlo en la parte especial de mi horrorosa pero súper práctica maleta (¡gracias madre por la inversión!).

Y en cuanto salga de la habitación, una amplia sonrisa, cabeza alta y rumbo a lo que me depare el destino.
No os preocupéis, volveré a escribir desde otra isla, desde otro mar y con mucho más que contar, porque los “malos” ratos de hoy son las anécdotas de mañana.

PD: El cierre de la banda sonora de este viaje será sellado por esta melodía cutrecilla en este aún más chabacano video. Pero entre que en estas tierras el You Tube está más que restringido y que el momento tampoco merece mucho más, como dice la señora esta de las narices todos los días “lasst es euch schmecken