Esta es la historia de una pareja como cualquier otra, en la cual el tiempo siempre hace estragos. Pero empecemos por el principio…
Hace años, ambos coincidieron por casualidad en un pasillo cualquiera de un edificio cualquiera. Si bien se cruzaron varias veces, nunca repararon el uno en el otro, hasta que un día, preludio de lo que el destino tenía reservado para ellos, una amiga común los presentó.
No fue amor a primera vista, ni siquiera un poco. Simplemente pasaron a saludarse y a tener conversaciones escuetas en ese mismo pasillo en el que se vieron por primera vez, a pesar de que ninguno de los dos recordase aquel momento.
Sí, pasaron varios años, quedando cada vez con más frecuencia, pero nunca solos. Hasta que llegó El Día.
Aquel fue el momento en el que se enteraron que sus destinos irían de la mano. Misma ciudad, mismo trabajo, dejando todo lo que conocían atrás. En momentos como ese, te aferras a lo más cercano, por poco que sea. La nueva situación era tentadora, pero no asemejaba ser sencilla. De hecho, el choque con la forma de vida fue bastante duro.
En un acto de amparo mutuo, decidieron dar un paso y comenzar algo juntos.
Al principio la emoción los embriagó. Todo era adrenalina y vibración. Cada paso se daba con más ganas que el anterior y no importaba pasar todo el tiempo que fuera necesario, con tal de que la otra persona tuviera una sonrisa perpetua.
Con el paso del tiempo, las rutinas marcaron la diferencia. Los largos días al sol o paseando por los bosques se convirtieron en cenas tardías y charlas nocturnas.
A él, el simple olor de la comida recién hecha le ayudaba cada noche a subir las escaleras. A ella, el tener a alguien que le escuchara después de la soledad envuelta de verde que reinaba en su vida, conseguía motivarla para continuar otro día más.
Sin embargo, todo caduca y llega el momento en el que no te queda más cuerda de la que tirar. En ese instante, hay que ser valiente y asumir las consecuencias. Ambos sabían, desde un principio, que lo suyo no podía durar. Por tanto, con más pena en el corazón que lágrimas en los ojos, se dijeron un tímido “Hasta pronto”.
Hoy ya no tengo más días de “Hola cariño. Adiós amor”. Hoy ya no puedo cocinar esperando que le guste a alguien, hoy me ha invadido un sentimiento de vacío, un algo extraño. Sé que es lo mejor, sé que la independencia da la vida, pero no puedo evitarlo: Tamara, mi Luftmatratze y yo te vamos a echar de menos…
(28.09.10 – 08.10.10)
PD: Tenía que dedicarle un huequito especial a Tamara y desearle toda la suerte del mundo en su búsqueda desenfrenada de piso. Si todos mis inquilinos hubieran sido como ella, no me hubiera comprado un colchón de aire, me hubiera comprado 2. Mañana más aventuras detalladas de mis idas y venidas.
PD2: Tamara, espero que no te haya importado que seas el “hombre” de nuestra historia, jeje. No te preocupes que el Karma te encontrará una buena casa y recuerda que en el poblado siempre tendrás un sitio.
Me gustaba más el estilo anterior pero así y todo está muy bien hilado ;) Más comentarios en otro momento (llega Santos!...y no trae ejercicios para todos* ¬¬)
ResponderEliminar*Not kidding aquellos que desconocen la historia (incluso la propia) están condenados a repetirla...
puf...en mal momento he leido esto, que pechá de llorar.
ResponderEliminarPor cierto, no suelo hacer comentarios pero que sepas que te sigo. Un beso.
Ahora que estas en reposo nos puede contar muchas cosas.Eso es lo unico bueno que tiene las caidas en el metro alemán.
ResponderEliminarCuida tu tobillo.Besos