...y vamos a hacer un guateque!!!
A punto estuve de cantarlo cuando atravesé las puertas de
aquella posada. Pero primero, para ambientar debidamente, se presenta el
siguiente escenario:
Un camino tenuemente iluminado, se intuyen un par de
Mercedes 4x4 en la puerta y se aprecia un portón de madera alumbrado por un par
de farolillos como preludio de un hogareño mesón tradicional, coronado por un
tejado triangular de bordes afilados.
Cuando desperté, esa fue la imagen que se quedó grabada en
mi mente. Sin embargo, la sensación al bajar del coche era diferente; atisbo de
inseguridad por no pertenecer a ese momento, frío del que corta las manos y
principalmente silencio, rasgado por alguna racha gélida de viento.
Habíamos llegado al lugar indicado, a la hora precisa y por
qué no, ya que desde el poblado necesitábamos mínimo una hora en coche para
alcanzar nuestra meta, aproveché para “echar una cabezadita” en el trayecto.
Que conste que no fui la única.
Una familia feliz que viaja desde ninguna parte a ninguna
parte-norte y carga con una maceta, una niña dormida, otra cansada, una Au-Pair
descolocada y un par de pesadas cestas con infinitos juguetes y enseres
infantiles.
Así pues, en procesión atravesamos la puerta y
repentinamente, el frío y silencio se tornaron en bullicio y calor de cocina,
con un fuerte toque de cebolla cocida y tintes de cerveza derramada sobre la
madera.
En un reservado, unas 25 personas variopintas, hablando esa cuasi-lengua
conocida como Schwäbisch. Muchos saludos a la familia feliz, un no muy
disimulado repaso a la nueva (y eso que me había puesto una camiseta bajo el
vestido para no estar fuera de tono). Traducción: -“¿tú quién eres?”, +“la
Au-Pair”, mirada incómoda, -“Ahm, hola”.
Y nadie volvió a hablar conmigo hasta la despedida.
Bueno, descartando a mi familia y a la camarera que me
preguntó que quería beber. En una mesa con forma de U, como en el extremo de los
marginados, nos situábamos los 5. Seguidamente, la otra pareja con niños. El
resto parecía estar en una burbuja en otra dimensión.
Cierto es que los padres tampoco conocían a mucha gente, a
excepción de los abuelos por parte de madre y la parienta que celebraba las
bodas de plata. Llegué a deducir que era una tía abuela por las explicaciones.
Sé seguro que el marido era el tercero y que según me dijeron, estaba más
contenta por los 25 años de casados que el propio día de la boda. Entendible.
La verdad es que no me molesté por mi sito, de hecho me
gustó. Desde allí tenía perspectiva para observar sin parecer indecorosa y
mientras, hacer anotaciones mentales para hoy pasmarlas aquí.
La mesa estaba decorada con un semi-mantel blanco, un tul
verde sobre él y florecillas de tela entre vela y vela. Lo de “semi” quiere
decir esas especies de tiras blancas que no miden más de 30cm de ancho y se
sitúan de un extremo a otro de la mesa para “hacer bonito” pero al final el
plato reposa sobre la madera en bruto. Lindo pero inútil.
Para consumir, se comenzaba con un cóctel mientras hacíamos
presentaciones y encontrábamos los asientos. A mi me tocó champán con zumo de
naranja, así que no me puedo quejar.
He de decir que ha sido la comida más larga que yo he pasado
en Alemania. Desde las 17:45 hasta las 23:00. Por ello, entre plato y plato,
hemos de añadir folios para colorear, cambio de pañal, niños llorando, niños
corriendo, un par de brindis, comida, más comida, fotos y lo habitual en estas
celebraciones.
No quiero dar lugar a una mala interpretación, todo eso
sucedió a mi alrededor y yo no fui partícipe. Llegué, comí, coloreé un poco,
acabé totalmente saciada, me despedí, nos montamos en el coche y me dormí (sí,
me dormí a la ida y a la vuelta).
Por tanto, volviendo al menú: de primero sopa verde
fosforita, rematada con nata montada y un pincho de vieira encima. De segundo
ensalada verde de lechuga cunera y de tercero, roast beaf con patatas
cocidas con romero, verduras hervidas, patatas fritas y carrillada de cerdo
(sí, de acompañamiento. Yo ya he dejado de sorprenderme).
El postre consistía en una fuente de cristal (por cabeza)
con 4 distintas peripecias caseras en sus respectivos cuenquitos: mousse de
frutos del bosque y menta, crema catalana tostada, pudín de chocolate con
barquillos y vasito de fresas en su propio almíbar rematadas por esencias de
nata y una hoja verde que no pude identificar.
Exquisito.
La ensalada, bien y la carne muy sabrosa, lo que no puedo
decir de la sopa. Al estar en un extremo fui la última en ser servida. No sé si
fue por esto o por estar rodeada de niñas, pero cuando yo esperaba mi sopa
radiactiva en su vaso de cristal, la camarera depositó un cuenco de cerámica
blanco igual que los del menú infantil. Mi madre puede pensar, -“total, no es
para tanto, con lo que a ti te gustan las sopas de pasta...” Ajá! Ese era el
fallo, no era de pasta, ¡era de tortitas!
Dicen que aquí, en el oeste de Alemania, la Flädlesuppe o
Pfannküchensuppe es tipiquísima. Radica en un caldo de carne con tiras
de crepes en lugar de fideos, pero unas tres veces más largas. No es que esté
mala, depende lo mucho que le guste a cada cual la sopa de pan, pero que
alguien me explique cómo es posible comerse con una cuchara desde un tazón de
consomé, unas tiras que miden 10cm de largo, reliadas entre sí, que empapan y
chorrean mucho caldo. Todo ello sin “liarla parda”.
Yo más o menos lo conseguí, sin montar el espectáculo. Ahí
vuelvo a agradecer el ser invisible para los habitantes de la burbuja, quizás
exceptuando para el abuelo de las niñas, que de vez en cuando abandonaba la
parte cool de la mesa, se reunía con nosotros cámara en mano e
inmortalizaba todas y cada una de las porquerías que puede hacer un niño
mientras come. Cuánto daño ha hecho la fotografía digital.
Lástima que yo no tuviera cámara, aunque no creo que hubiera
sido propio fotografiar al público. Cierto es que la diversidad de los
asistentes era digna de una exposición, pero tendrá que ser suficiente con mis
nada extensas elucidaciones (guiño – guiño).
La fauna propia del entorno se podía dividir en 3 grupos, más
la presidencia y la excepción:
La dirección estaba al cargo de la pareja que festejaba, una
elegantísima señora con un costoso traje negro entallado y un pelo corto gris,
brillante, perfecto. Una porte digna de la mismísima Carolina Herrera,
acompañada por el típico señor bajito, regordete con entradas y bigote, que no
aguantó hasta la ensalada con la chaqueta puesta. Por cierto, ambos son
moteros.
Respecto a los grupos, se clasificarían en:
1.
Las señoras que...
Es escribir esta frase en facebook,
y cualquier imagen valdría para pintar la escena. Un grupo mayoritario de
señoras, con o sin marido, que probablemente salgan a la calle cuando llueve
con una bolsa de plástico en la cabeza o se crucen la bata cuando tienen que
decir algo importante.
Pero al ser ocasión de fiesta,
nada de batas, si no leopardos, sedas, brillos, estampados imposibles, faldas
rectas, pañuelos de cuello y broches gigantes. Sin embargo, a diferencia de las
españolas, no había ninguna delicada y frágil, todas en torno al metro-ochenta,
hombros anchos y miradas duras. Y hablan alemán, que no sé qué da más miedo.
2.
Los “punkis”, en versión “elegante”.
Esparcidos, entre señora y
señora, albergados en un rango de edad entre los 25 y los 50 y no por ello
formando un grupo homogéneo o si quiera hablando entre sí, conté al menos 5
personas diferentes con tatuajes muy muy vistosos. También había una muchacha
con al menos 10 piercings en la cara y un rapado con perilla de chivo y
hombros de la apariencia de un armario empotrado.
Este último era el padre de los
otros dos únicos niños presentes en la sala. Tenían entre 6 y 9 años, típicos
alemanitos rubios a cargo de una madre ucraniana de metro noventa, con el pelo
rojo, tacones, un vestido globo negro muy muy corto y una chaqueta vaquera. No
hay más que decir.
3.
Los marginados.
Ya he hecho una referencia y
tampoco hay mucho más que decir. Nosotros, en la esquina. Mi familia, para ser
alemana (no quiero ofender a los lectores alemanes, sólo es cuestión de modas),
no son nada extravagantes. La madre llevaba un vestido y una chaqueta negros. El
padre, pantalones de traje, camisa blanca sin corbata y chaqueta oscura de
sport. Totalmente extraños a la ya presentada colección de sujetos.
Sin embargo, mis favoritos fueron la excepción. Inclasificables en estos grupos, surgió una pareja que parecía
recién salida de la portada de un disco ochentero-tardío de Mocedades.
El hombre, con una camisa blanca y pajarita y ese estilo de
pelo que diverge entre tupé y “pelo pa’trás”. No sé si en algún momento llevó
chaqueta, pero yo no la vi. Pantalones sobaqueros y un bigote a lo Freddie
Mercury.
A su vera, bajo una enorme permanente caoba-anaranjada, una mujer
típica madre de las primeras sitcoms americanas, con su vestido
vaporoso, floreado y sus labios carmín.
No podían tener más de 40, o quizás llevaban 30 años metidos
en un armario apolillado (refrigerado, espero) y acababan de salir intactos. Pero
era echarles una ojeada y en mi cerebro resonaban palabras como guateque, cassette
y discoteque. Los Pimpinela alemanes, si es que existen, tuvieron que
comenzar así.
Pero eso fue todo para nosotros. En cuanto empezaron con las
copas, carretera y manta, que llevamos 4 horas mínimo de retraso en nuestro horario
infantil. Si hubo música, nunca lo sabré y tristemente, no podré contar cómo
bailan las “señoras que...” versión alemana. Quizás algún día consiga algún
testimonio pictórico verdadero, pero mientras tanto, me tendré que conformar
con dejar una foto para ayudar a la imaginación y algo de música ambiente.
Música aquí (no es Mocedades): http://www.youtube.com/watch?v=2B1Hk_sMWjU&feature=related
PD: En breve, cómo AL FIN, he organizado mi vida y además, mi
primera fiesta infantil de cumpleaños.

!que lastima que no hagas fotos a los invitados¡
ResponderEliminar