lunes, 23 de abril de 2012

6.- Saca el güisqui Cheli para el personal...


...y vamos a hacer un guateque!!!

A punto estuve de cantarlo cuando atravesé las puertas de aquella posada. Pero primero, para ambientar debidamente, se presenta el siguiente escenario:
Un camino tenuemente iluminado, se intuyen un par de Mercedes 4x4 en la puerta y se aprecia un portón de madera alumbrado por un par de farolillos como preludio de un hogareño mesón tradicional, coronado por un tejado triangular de bordes afilados.

Cuando desperté, esa fue la imagen que se quedó grabada en mi mente. Sin embargo, la sensación al bajar del coche era diferente; atisbo de inseguridad por no pertenecer a ese momento, frío del que corta las manos y principalmente silencio, rasgado por alguna racha gélida de viento.

Habíamos llegado al lugar indicado, a la hora precisa y por qué no, ya que desde el poblado necesitábamos mínimo una hora en coche para alcanzar nuestra meta, aproveché para “echar una cabezadita” en el trayecto. Que conste que no fui la única.

Una familia feliz que viaja desde ninguna parte a ninguna parte-norte y carga con una maceta, una niña dormida, otra cansada, una Au-Pair descolocada y un par de pesadas cestas con infinitos juguetes y enseres infantiles.

Así pues, en procesión atravesamos la puerta y repentinamente, el frío y silencio se tornaron en bullicio y calor de cocina, con un fuerte toque de cebolla cocida y tintes de cerveza derramada sobre la madera.

En un reservado, unas 25 personas variopintas, hablando esa cuasi-lengua conocida como Schwäbisch. Muchos saludos a la familia feliz, un no muy disimulado repaso a la nueva (y eso que me había puesto una camiseta bajo el vestido para no estar fuera de tono). Traducción: -“¿tú quién eres?”, +“la Au-Pair”, mirada incómoda, -“Ahm, hola”.
Y nadie volvió a hablar conmigo hasta la despedida.
Bueno, descartando a mi familia y a la camarera que me preguntó que quería beber. En una mesa con forma de U, como en el extremo de los marginados, nos situábamos los 5. Seguidamente, la otra pareja con niños. El resto parecía estar en una burbuja en otra dimensión.

Cierto es que los padres tampoco conocían a mucha gente, a excepción de los abuelos por parte de madre y la parienta que celebraba las bodas de plata. Llegué a deducir que era una tía abuela por las explicaciones. Sé seguro que el marido era el tercero y que según me dijeron, estaba más contenta por los 25 años de casados que el propio día de la boda. Entendible.

La verdad es que no me molesté por mi sito, de hecho me gustó. Desde allí tenía perspectiva para observar sin parecer indecorosa y mientras, hacer anotaciones mentales para hoy pasmarlas aquí.

La mesa estaba decorada con un semi-mantel blanco, un tul verde sobre él y florecillas de tela entre vela y vela. Lo de “semi” quiere decir esas especies de tiras blancas que no miden más de 30cm de ancho y se sitúan de un extremo a otro de la mesa para “hacer bonito” pero al final el plato reposa sobre la madera en bruto. Lindo pero inútil.

Para consumir, se comenzaba con un cóctel mientras hacíamos presentaciones y encontrábamos los asientos. A mi me tocó champán con zumo de naranja, así que no me puedo quejar.
He de decir que ha sido la comida más larga que yo he pasado en Alemania. Desde las 17:45 hasta las 23:00. Por ello, entre plato y plato, hemos de añadir folios para colorear, cambio de pañal, niños llorando, niños corriendo, un par de brindis, comida, más comida, fotos y lo habitual en estas celebraciones.
No quiero dar lugar a una mala interpretación, todo eso sucedió a mi alrededor y yo no fui partícipe. Llegué, comí, coloreé un poco, acabé totalmente saciada, me despedí, nos montamos en el coche y me dormí (sí, me dormí a la ida y a la vuelta).

Por tanto, volviendo al menú: de primero sopa verde fosforita, rematada con nata montada y un pincho de vieira encima. De segundo ensalada verde de lechuga cunera y de tercero, roast beaf con patatas cocidas con romero, verduras hervidas, patatas fritas y carrillada de cerdo (sí, de acompañamiento. Yo ya he dejado de sorprenderme).
El postre consistía en una fuente de cristal (por cabeza) con 4 distintas peripecias caseras en sus respectivos cuenquitos: mousse de frutos del bosque y menta, crema catalana tostada, pudín de chocolate con barquillos y vasito de fresas en su propio almíbar rematadas por esencias de nata y una hoja verde que no pude identificar.
Exquisito.

La ensalada, bien y la carne muy sabrosa, lo que no puedo decir de la sopa. Al estar en un extremo fui la última en ser servida. No sé si fue por esto o por estar rodeada de niñas, pero cuando yo esperaba mi sopa radiactiva en su vaso de cristal, la camarera depositó un cuenco de cerámica blanco igual que los del menú infantil. Mi madre puede pensar, -“total, no es para tanto, con lo que a ti te gustan las sopas de pasta...” Ajá! Ese era el fallo, no era de pasta, ¡era de tortitas!

Dicen que aquí, en el oeste de Alemania, la Flädlesuppe o Pfannküchensuppe es tipiquísima. Radica en un caldo de carne con tiras de crepes en lugar de fideos, pero unas tres veces más largas. No es que esté mala, depende lo mucho que le guste a cada cual la sopa de pan, pero que alguien me explique cómo es posible comerse con una cuchara desde un tazón de consomé, unas tiras que miden 10cm de largo, reliadas entre sí, que empapan y chorrean mucho caldo. Todo ello sin “liarla parda”.

Yo más o menos lo conseguí, sin montar el espectáculo. Ahí vuelvo a agradecer el ser invisible para los habitantes de la burbuja, quizás exceptuando para el abuelo de las niñas, que de vez en cuando abandonaba la parte cool de la mesa, se reunía con nosotros cámara en mano e inmortalizaba todas y cada una de las porquerías que puede hacer un niño mientras come. Cuánto daño ha hecho la fotografía digital.

Lástima que yo no tuviera cámara, aunque no creo que hubiera sido propio fotografiar al público. Cierto es que la diversidad de los asistentes era digna de una exposición, pero tendrá que ser suficiente con mis nada extensas elucidaciones (guiño – guiño).

La fauna propia del entorno se podía dividir en 3 grupos, más la presidencia y la excepción:
La dirección estaba al cargo de la pareja que festejaba, una elegantísima señora con un costoso traje negro entallado y un pelo corto gris, brillante, perfecto. Una porte digna de la mismísima Carolina Herrera, acompañada por el típico señor bajito, regordete con entradas y bigote, que no aguantó hasta la ensalada con la chaqueta puesta. Por cierto, ambos son moteros.

Respecto a los grupos, se clasificarían en:
1.      Las señoras que...
Es escribir esta frase en facebook, y cualquier imagen valdría para pintar la escena. Un grupo mayoritario de señoras, con o sin marido, que probablemente salgan a la calle cuando llueve con una bolsa de plástico en la cabeza o se crucen la bata cuando tienen que decir algo importante.
Pero al ser ocasión de fiesta, nada de batas, si no leopardos, sedas, brillos, estampados imposibles, faldas rectas, pañuelos de cuello y broches gigantes. Sin embargo, a diferencia de las españolas, no había ninguna delicada y frágil, todas en torno al metro-ochenta, hombros anchos y miradas duras. Y hablan alemán, que no sé qué da más miedo.

2.      Los “punkis”, en versión “elegante”.
Esparcidos, entre señora y señora, albergados en un rango de edad entre los 25 y los 50 y no por ello formando un grupo homogéneo o si quiera hablando entre sí, conté al menos 5 personas diferentes con tatuajes muy muy vistosos. También había una muchacha con al menos 10 piercings en la cara y un rapado con perilla de chivo y hombros de la apariencia de un armario empotrado.
Este último era el padre de los otros dos únicos niños presentes en la sala. Tenían entre 6 y 9 años, típicos alemanitos rubios a cargo de una madre ucraniana de metro noventa, con el pelo rojo, tacones, un vestido globo negro muy muy corto y una chaqueta vaquera. No hay más que decir.

3.      Los marginados.
Ya he hecho una referencia y tampoco hay mucho más que decir. Nosotros, en la esquina. Mi familia, para ser alemana (no quiero ofender a los lectores alemanes, sólo es cuestión de modas), no son nada extravagantes. La madre llevaba un vestido y una chaqueta negros. El padre, pantalones de traje, camisa blanca sin corbata y chaqueta oscura de sport. Totalmente extraños a la ya presentada colección de sujetos.

Sin embargo, mis favoritos fueron la excepción. Inclasificables en estos grupos, surgió una pareja que parecía recién salida de la portada de un disco ochentero-tardío de Mocedades.
El hombre, con una camisa blanca y pajarita y ese estilo de pelo que diverge entre tupé y “pelo pa’trás”. No sé si en algún momento llevó chaqueta, pero yo no la vi. Pantalones sobaqueros y un bigote a lo Freddie Mercury.
A su vera, bajo una enorme permanente caoba-anaranjada, una mujer típica madre de las primeras sitcoms americanas, con su vestido vaporoso, floreado y sus labios carmín.
No podían tener más de 40, o quizás llevaban 30 años metidos en un armario apolillado (refrigerado, espero) y acababan de salir intactos. Pero era echarles una ojeada y en mi cerebro resonaban palabras como guateque, cassette y discoteque. Los Pimpinela alemanes, si es que existen, tuvieron que comenzar así.

Pero eso fue todo para nosotros. En cuanto empezaron con las copas, carretera y manta, que llevamos 4 horas mínimo de retraso en nuestro horario infantil. Si hubo música, nunca lo sabré y tristemente, no podré contar cómo bailan las “señoras que...” versión alemana. Quizás algún día consiga algún testimonio pictórico verdadero, pero mientras tanto, me tendré que conformar con dejar una foto para ayudar a la imaginación y algo de música ambiente.



PD: En breve, cómo AL FIN, he organizado mi vida y además, mi primera fiesta infantil de cumpleaños.

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