miércoles, 11 de abril de 2012

3.- Y de mayor quiero ser... ¡Superhéroe!

No sé si de pequeña éste era uno de mis sueños, aunque pensándolo bien, en mi apretada agenda no hubiera encontrado cupo para ello. Los días de diario por las mañanas, trabajaría de veterinaria. Por las tardes, abriría mi tienda de flores. Los fines de semana, madrugando, sería animadora de equipos de fútbol (pero con pompones) y por las noches fascinaría a mi público con mi maravillosa voz y mi increíble trayectoria como cantante profesional desarrollada los viernes, sábados y domingos.

Creo que sólo me daría tiempo a dormir, así que no habría lugar para ser superhéroe. Aunque quizás en esos momentos no apreciara tanto como ahora qué puede significar una buena noche durmiendo, o mejor aún, una dulce y profunda siesta.

Sin embargo a este paso, voy a desarrollar superpoderes. Ahora estoy practicando con la “doble-visibilidad” y no es que esté borracha y vea cuatro niñas en vez de dos (no quiero ni imaginarlo). Si no que por ahora soy capaz de tener un ojo en la pantalla y otro en el jardín, donde las pequeñas se encuentran plácidamente embadurnadas en la caja de arena.

Sin embargo mi mejor superpoder lo desarrollaré en su máximo esplendor tras completar mi estancia aquí y será la “inmunidad absoluta”, ja-ja-ja-ja (leer con tono maléfico y todopoderoso. Si se tiene un gato cerca, es imprescindible sentarse en un sillón orejero para completar la escena).

Y todo esto empieza con el uniforme estelar recomendable para una Au-Pair. Lo primero, ropa a la que no le tengas ningún ningún aprecio, preferiblemente oscura. En mi caso camisetas surtidas, un par de forritos polares o sudaderas y unas mallas negras. Arreglada pero informal. Y lo más importante de la vestimenta, muchos muchos bolsillos llenos de clinex (aquí Tempos).

Como accesorios, solamente una gomilla en la muñeca para faenar con el pelo recogido en caso de necesidad. La purpurina, brillantina, colores chillones y demás decoración irán apareciendo por sí solos en diversas partes del cuerpo/ropa/cara/pelo. (En mi caso llevo cuatro días con un dedo azul gracias a los huevos de Pascua, pero cada ocasión proporcionará colores y materiales diferentes).
Por lo demás, la capa no es recomendable porque los niños se enganchan a ella y te tiran del cuello, pero los calzoncillos por fuera van según gustos de cada uno. Ese es el primer paso para convertirse en un superhéroe de andar por casa.

Una vez seleccionada la vestimenta adecuada, pasamos al entrenamiento. Llega un momento en el que no ves las velas de moco resbalando por las naricillas, simplemente sientes su presencia. Rápido: bolsillo trasero derecho, clinex, nariz, doblar, guardar y trabajo realizado. No le ha dado tiempo a enterarse a la pequeña en cuestión.

El paso de guardar no siempre es recomendable (tirar el pañuelo tras un par de usos es mejor), pero si cada vez que una nariz goteara usara un pañuelo nuevo, el Amazonas reduciría su masa forestal al 30% en menos de un año. Efectos secundarios: por más que me lave las manos, estoy irradiada por pequeños microbios.
Y cuando no es el pañuelo, es un trozo de pera que te ofrecen unas manitas churretosas o un pedazo de chocolate que amablemente han querido morder y compartir contigo.
Conclusión, mis primeras vacaciones las he pasado con un considerable catarrazo.

Dos preguntas pueden asaltar la mente (o si no, yo las contesto igual):
1º) ¿Vacaciones? ¿Tan pronto? Sí sólo ha pasado una semana...
2º) ¿Cómo se combate un catarro en un pueblo perdido donde ni si quiera hay farmacia?

Empecemos con la segunda. El dicho popular de que “un catarro dura 7 días, tomando medicamentos o sin tomarlos” también tiene traducción al alemán. Pero, ya que vivimos en medio del campo, la medicina aquí es consecuente y por tanto procedemos al uso de remedios naturales. Baños calientes para los pies, muchas infusiones con miel, caramelos Ricola disueltos en agua caliente, lavados nasales con agua y sal, aspiraciones de vapores... y especialmente en esta casa, pastillas homeopáticas de yerbajos varios, encargadas en la parafarmacia on-line. Todo eso y al final, como siempre, siete días de espera (voy por el 5º).

Ahora bien, volviendo a la primera, no deis por hecho que ya tan pronto voy a mandar los niños a paseo. Que de vez en cuando el contacto con más adultos me hace sentirme bien, no lo discuto, pero lo de las vacaciones en este finde pasado surgió espontáneamente por sí solo (y no porque yo haya suplicado de rodillas por un par de días de paz, aunque me guardo esta opción para un futuro).

Inicialmente, mi idea era empezar después de Semana Santa, pero por una serie de prisas y malentendidos, llegué el jueves antes para observar un día laborable “normal y corriente” (ver la entrada anterior y deducir el por qué de las comillas). Total, que mis planes previos semana-santeros siguieron en pie y entre ellos no estaba contemplado el contacto con el mundo de los infantes.

Casi mejor al principio y casi peor al final. Aquí en Alemania, ni procesiones, ni torrijas, ni gañotes ni Pasión. ¿Lamentablemente? Tengo confrontación de sentimientos en este momento, porque aquí es... La semana del CHOCOLATEEEEEEEEEEEEE.

En Pascua llega un conejo con una cesta cargada de chocolate y huevos (tanto de verdad como de chocolate) y se dedica a esconderlos por el jardín y la casa, para que los niños los encuentren. Además, de vez en cuando en esa cesta trae también regalos. Así pues, durante el domingo o el lunes (aquí es fiesta de viernes a lunes), se procede a una búsqueda del tesoro por todas las habitaciones y por el jardín.

Se conocen casos en los que las madres de las casas han encontrado cosas durante el verano que el propio conejo había escondido en Semana Santa, pero esto depende de cuánto chocolate se haya escondido o de cómo regular sea la limpieza en la casa.

Volviendo al hilo, no pasar la Pascua con niños significa perderse parte de eso (la relación de cuánto chocolate deja el conejo a los adultos y cómo de escondido estará es negociable), pero también significa en mi caso que no me paso cada día de la Pascua en un pueblo distinto visitado a las abuelas y re-repitiendo toda la búsqueda (con una abuela al mes vamos bien).

Sin embargo, el panorama que se ha desarrollado en mis vacaciones no ha sido mucho mejor. El conejo se ha acordado bastante de mí para no ser alemana, pero durante los cuatro días que no he estado en el Jardín de Nabos, he perdido la voz, me ha dolido la garganta, el oído y no entro a hablar de todas las clases y colores de secreciones emitidas desde mi sistema respiratorio.

Pero todo sea por el Bien Mayor,  porque de aquí a 6 meses habré pasado otros mil tagardinazos y así podré desarrollar mis súper-poderes, centrándome en la inmunidad absoluta (tristemente con el teletransporte no progreso) y así completar el apartado de “otros datos de interés” de mi currículum, en el cual nunca sé qué poner...

PD: Os dejo una foto de lo poco que queda de mis cestas. La próxima entrada en breve y sin tanto dolor de cabeza, espero. Y bueno, aunque no lo escuchéis, quería ambientaros en mi atmósfera y comunicaros que parte de éste capítulo ha sido escrito antes, durante y tras el deleite de varios diversos ensayos de violín, orquestados por la hija mayor.


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