viernes, 13 de abril de 2012

4.- Los instrumentos del demonio.

Puedo escribir con las manos llenas de pintura, puedo vivir con tiza en el pelo y no me importa comerme un trozo mordido de chocolate cuando unas manitas renegridas me lo ofrecen cual tesoro.
Pero lo que no entiendo es a qué hijo del diablo se le ocurrió inventar los columpios y los parques infantiles.

Ilusa de mí en el momento que me dejé aconsejar por las dos tiernas infantes.
Las tres teníamos una misión principal y los términos estaban claros: “comprar carne picada en la carnicería-panadería del pueblo”. Como efectos colaterales, podía aprovechar para conocer la vasta superficie de este poblado y así se lo comuniqué a la hermana mayor.

Algo que puede parecer sencillo en principio, casi automático. Pero no lo fue.
Nuestro medio de transporte consistía en un triciclo con un eje de dirección trasero para hacerme más fácil la tarea de guiarlo/empujarlo y un patinete de dos ruedas autónomo. Nuestro uniforme, sendos abrigos coloridos, gorros, bufandas y una bolsa plegable para recoger la compra.
Encontrar la tienda sí fue simple, pero una vez dentro, descubrí la verdad. Primero, la carnicería y la panadería son la misma tienda, separadas por una puerta de cristal. Lo segundo, en la carnicería venden periódicos, cereales, pasta fresca, lácteos varios... Pero lo que nadie me había advertido es que también tienen revistas con caballos de purpurina, chocolates y caramelos.

Me sentí desarmada cuando aquel torbellino rubio de 3 años quería tooooodo. Como si estuviera en casa, seleccionó una revista e intentó tocar todos los caramelos y cosas coloridas a su alcance. En este instante tengo que agradecer a Norman su instrucción como profe de alemán. En su momento nunca conseguí que el verbo “(no)-tocar” formara parte de mi vocabulario (y aún se me sigue olvidando). Pero la expresión “Finger weg!!” (literalmente: ¡dedos fuera!) vale para todo; desde para evitar quemarte con una olla hasta para frenar a los borrachos que se pasan de listos en una fiesta.

Así que entre mi “Nein, nein, nein. Finger weg!!, Finger weg!!” y que la niña mayor tenía el dinero y la tarea de pagar, pues así practica sumas y restas mentales, conseguí salir victoriosa de la confrontación. Quizás debería aclarar que la señora charcutera me ayudó un poco dándole un trozo de chóped a cada una. Siendo como son estos alemanes, quizás prefieran el chóped y las espinacas a las chuches y la pizza...

Misión cumplida. Sólo falta la vuelta a casa y ¿qué puede pasar si vivimos a 4 minutos andando? Por sugerencia de la mayor y asentimiento efusivo de la pequeña, quisieron enseñarme algo que aún no había conocido. Sí, me emocioné. ¿Había algo digno de ver en el pueblo que yo aún no supiera?
Era cierto, un poco más allá de la casa, en el comienzo de una calle empinada, surgió un no tan diminuto parque infantil, con todos sus columpios, colores y tentaciones.

Mientras aparcaba nuestros vehículos, las dos corrieron como quien lleva el diablo y entraron en el recinto de los horrores. Ni me dio tiempo a contemplar la superficie cuando ellas ya habían empezado a columpiarse.

Sin embargo, de repente, mi corazón se paró. Estaba viendo como una cabecita besaba el suelo con la coronilla en cada balanceo del columpio, mientras que unos piececillos apuntaban hacia la inmensidad del cielo. La niña pequeña estaba totalmente bocabajo, eso sí, perfectamente aferrada a las cadenas con la simple fuerza de su puños cerrados.

Su cara iba cambiando de la felicidad al horror a medida que se percataba de que estaba radicalmente del revés. Por suerte, con mi híper-velocidad recién desarrollada, casi me teletransporté junto al columpio cuando las primeras lágrimas comenzaban a aflorar.

Con un elegante gesto de mi mano sobre su espalda, la giré 180º y el mundo volvió a su sitio. Su gorro estaba un poco lleno de barro y hojarasca pero siguió balanceándose como si allí no hubiera pasado nada.

Ella sí, pero mi corazón no latió al mismo ritmo en todo el día. No paraba de imaginarme qué le hubiera pasado si sus manos llegan a resbalarse y hubiera embestido con la cabeza contra el suelo. Se puede decir que pasé auténtico miedo.

Así que en las horas y horas más que para mí transcurrieron en el parque del horror (por la cuenta me salen unos 10 minutos de tiempo real más o menos) intenté no separarme de aquel abrigo naranja y verde fosforito, ni siquiera 10 centímetros.

Después del columpio llegó el tobogán, construido aprovechando una auténtica pendiente y por tanto, grande y muy inclinado. Como no me iba a tirar, sólo tenía que esperarla abajo y frenar la caída final. Pero esto también se volvió aburrido para la mayor y entró en juego el subibaja.

Comparando el peso de una niña de 9 años con una de 3, pueden deducirse los efectos que tuvo este dichoso aparato. Yo veía a la pequeña volar y volar y no me dejaba sujetarla. Cuando lo intentaba, ella soltaba una mano del agarrador para quitar la mía de su cuerpo, entonces era mucho peor. El cacharro era un tronco con un aro a cada extremo para agarrarse. Ni asiento, ni sitio para los pies, ni nada similar. Simplemente un tronco redondo y resbaladizo.

Haciendo un escudo de fuerza con mis brazos en torno a la niña, pero sin tocar, estuve atenta a cada elevación y descenso, hasta que floreció la feliz idea de sentarse del revés. Entonces ya ni siquiera tenía el aro para frenar el descenso hacia el centro. Ahora en cada sacudida se resbalaba hacia atrás. Perfectamente aplicable en esta situación el refrán “vamos de culo y cuesta abajo”, literalmente para la pequeña y emocionalmente para mí.

Pero el sufrimiento duró y hasta que la mayor, en su comportamiento cada vez más animal (inducido por encontrarse en este área de la provocación), terminó por subirse en algo que yo en España nunca había visto.
Tres listones de madera de más de un metro de largo, colocados en fila india y unidos por bisagras. Cada uno de los tres tiene un eje central, un muelle de medio metro de alto, y el funcionamiento se podría asimilar a tres subibajas consecutivos pero mucho más violentos porque saltas sobre ellos y en cuanto se mueve uno, se mueven todos.

La gracia creo que es pasar de un lado a otro saltando o corriendo o dando espasmos o lo que sea. A mi gracia no me hizo ninguna porque la mayor, tiene capacidad, pero la pequeña va siempre directa detrás y subirse a un listón de madera que convulsiona nada armónicamente hasta una altura superior a tu cabeza no es aconsejable.

Pero allí la subí. Gracias a Dios que a ella tampoco le transmitía nada de confianza y me pidió que la agarrase mientras cruzaba el dichoso puente. "-Una vez más y se acabó" porque vuestra madre os espera y yo necesito beberme un roiboos y tumbarme.

Así que arreando a dos niñas, un triciclo y un patinete, puse pies en polvorosa. Las tres volvimos a casa y por suerte, la “sencilla y rutinaria” misión fue cumplida y completada.
Sin bajas.

Una cosa tengo clara, la mitad noreste del Jardín de Nabos está vetada para mí. Si quieren ir con sus padres, adelante, pero hasta que no se me olvide que quien construyó estos sitios era un sádico que estaba pensando en realidad en un pasaje del terror para adultos, no vuelvo a pisar ninguno.

PD: La próxima entrega tras mi vespertino primer encuentro social: Las bodas de plata de un familiar que aún no me ha quedado nada claro quién es.

4 comentarios:

  1. Si la niña se tiene que caer que se caiga ya¡¡¡¡¡¡¡ así entenderá el dolor ¡¡¡¡ y te dará menos sufrimiento¡¡¡¡¡¡

    TODOS nos hemos pegado piñazos ...... y aprendemos¡¡¡
    deja que se meta el porrazo y depués le daz una voz al estilo ¡¡ TE LO DIJE ¡¡¡ y te harán caso¡¡¡ jajajaj
    Un besote alemana¡¡¡

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  2. Juan Carlos: Seguro que tú te caíste cabeza abajo más de una vez y al final, tan normal. Sí es verdad, no sé para qué me preocupo... XD

    Clara: Lo intento, pero con tanto Schnupfen propio no puedo, jejeje

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  3. Que peripecias pasan en Alemania,por más que lo intento no sé como se puede rotar un columpio 180º.
    Creo que es mejor que no dejes caer a las niñas,dejemos el empirismo a otros.
    Cuídate y toma el roibo desde el desayuno

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